LA ORQUESTA SINFÓNICA DE EUSKADI «TENTACIONES» EN BALUARTE

CLÁSICA Xabier Armendáriz

Tentaciones

Martes, 5 de Febrero de 2019. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. James Ehnes, violín. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Robert Treviño, director. Samuel Barber: Concierto para violín y orquesta, Op. 14, (1939). Sergei Rachmaninov: Sinfonía número 2 en Mi menor, Op. 27, (1907). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2018-2019.

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No nos dejes caer en la tentación”, dice una oración muy conocida. En el caso de los cristianos, la frase hace referencia a que los creyentes deben apartarse de los caminos fáciles. Desde una perspectiva menos transcendente, los intérpretes musicales también pueden caer en la tentación de “ir a lo fácil”. Hay obras en las que “lo fácil” es destacar algún rasgo concreto, (porque la obra parece pedirlo o para conseguir un triunfo inmediato), pero lo correcto es no dejarse llevar y pensar mejor en lo que cada obra puede ofrecer. Las dos obras que formaban el concierto que nos ocupa, en ese sentido, tienen trampa; en general, los intérpretes supieron superarlas, pero hubo excepciones.

Se abría la sesión con el Concierto para violín y orquesta de Samuel Barber, compositor conocido por su célebre Adagio para cuerdas, estrictamente contemporáneo. Este concierto violinístico es una composición igualmente lírica, bordeando lo sentimental, y que plantea dos tentaciones para el intérprete: dejarse arrastrar excesivamente por el sentimentalismo en el segundo movimiento y abusar de virtuosismo superficial en el Finale. James Ehnes es un solista de plenas garantías, especializado en los conciertos para violín del siglo XX. No incurrió en las tentaciones mencionadas e hizo una interpretación magnífica de la partitura, con un sonido muy cuidado y un fraseo expansivo en los lugares adecuados; en el Finale, deslumbró por su capacidad técnica y consiguió un triunfo de ley. El acompañamiento de Robert Treviño fue una lección sobre cómo puede afrontarse una obra como ésta. De propina, Ehnes ofreció el Allegro assai de la Sonata BWV 1005 de Bach, en la que mostró una sorprendente variedad de detalles en la polifonía, pero aquí sí abusó del virtuosismo y todo tendió a ser mecánico.

La Segunda Sinfonía de Rachmaninov es la mejor obra del compositor ruso de entre las que no incluyen el piano. La sinfonía ofrece todo lo que puede esperarse del mejor Rachmaninov: melancolía, melodías cantabiles y apasionadas, etc., todo ello en un estilo que, en 1907, empezaba a parecer “superado” para algunos compositores. Siendo una obra importante, no carece de debilidades y se necesita un director que no se deje llevar por el sentimentalismo fácil ni deje que la orquesta subraye en exceso los momentos más superficiales en los movimientos pares. Robert Treviño hizo una buena versión de la partitura, apoyándose en una gran ejecución orquestal, pero tampoco se detuvo en indagar significados ocultos. La introducción del primer movimiento tuvo la melancolía requerida, pero se puede conseguir un efecto más inquietante con tempi más lentos. El segundo movimiento fue el menos logrado; la orquesta destacó excesivamente los momentos de mayor brillantez, sobre todo las resonancias populares del Trío. Sorprendentemente, Treviño no intentó extender el tempo en el movimiento lento, (como sí ha hecho en otros contextos similares), y es lástima, porque recrearse en esas melodías es un placer extraordinario. En el Finale, Treviño ofreció energía a raudales pero no pudo evitar que la coda, ya de por sí artificiosa, resultara algo inflada.

En conjunto, fue un concierto que consiguió un importante éxito popular y en el que, más allá de los méritos de cada interpretación, sus protagonistas nos enseñaron la diferencia que hay entre las interpretaciones bien trabadas y las que recurren al artificio. La cuestión fundamental es saber distinguir ambos casos con claridad.

Autor entrada: xabier armendariz

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