«PURIFICACIÓN» EN LA IGLESIA SAN NICOLÁS DEL CICLO DE ÓRGANO DE NAVARRA XXIV 2018

Purificación

Sábado, 3 de Noviembre de 2018. Iglesia de San Nicolás de Pamplona. Esther Ciudad, órgano. Juanjo Guillén, percusión. Olivia Carrión: El centro, no el punto medio, (2018, estreno absoluto). György Ligeti: Volumina, (1965). Hermes Luaces: Amor que cantan las piedras, (2018). Concierto inscrito en el XXIV Ciclo de Órgano de Navarra 2018.

El Ciclo de Órgano de Navarra ha llegado a su final. Han sido dos meses y medio de conciertos con todo tipo de literatura organística, desde el repertorio para órgano portativo medieval hasta la cita que nos ocupa, con música estrictamente contemporánea. De entrada, la idea de hacer un concierto para órgano y percusión puede parecer peregrina, y de hecho resultaba relativamente curioso observar la cabecera de la Iglesia de San Nicolás con diversos artilugios de diverso género, como gongs y distintos tipos de campanas. Incluso el propio reto de sincronizar a dos instrumentistas en diversas alturas (organista en el coro y percusionista a ras de nave) parecía complejo.

Se iniciaba el concierto con El centro, no el punto medio de Olivia Carrión, una obra que conoció su estreno en esta sesión. En esta composición, Carrión utiliza una serie de instrumentos de percusión de metal afinados y aprovecha muy inteligentemente la resonancia natural de los instrumentos para amplificarla con el órgano y conseguir por momentos efectos de gran eficacia. El discurso es fragmentario y las ideas tienden a repetirse, pero el empleo inteligente de los silencios consigue que el público mantenga la tensión. En ello tuvieron mucho que ver ambos intérpretes. En particular, fue una experiencia escuchar a Juanjo Guillén, miembro de Neopercusión (el mejor conjunto de percusión contemporánea del mundo), aplicarse con los diferentes instrumentos y con otros efectos, incluso tocando la armónica.

Continuó el concierto con Volumina de György Ligeti, obra icónica del compositor de la misma época en que el húngaro escribió sus composiciones más conocidas como Atmósferas y Lux aeterna. Volumina arranca con un poderosísimo cluster del órgano que hace temblar el suelo de la iglesia y que, en un órgano como San Nicolás donde los registros son especialmente nasales, provoca un efecto todavía mayor. Ese acorde va disolviéndose y fragmentándose, a la vez que los cambios de registros ofrecen cambios imperceptibles de color sonoro. De hecho, fue necesaria la participación adicional de Raúl del Toro y Jose Luis Echechipía cambiando los registros para llevar la obra a término. Esther Ciudad, la organista protagonista de la sesión, ofreció una magnífica interpretación de la obra.

Por último, Amor que cantan las piedras de Hermes Luaces es una obra difícil de describir. Su concepción recuerda ligeramente a Messiaen: se trata de armonizar el sonido de las campanas con el órgano para conseguir el carácter místico y de meditación esperado en las iglesias. En la práctica, el resultado sonoro recuerda a la música de Arvo Pärt, con el empleo constante de la tintinabulación (empleo de sonidos tipo campana), siempre relacionando las armonías con el órgano. Dado que los motivos de las campanas y los acordes del órgano van variando, eso crea una continuidad y un desarrollo dramático en la obra que afecta al espectador. De hecho, la composición se extiende más de media hora pero, como dice Gurnemanz en Parsifal, “el tiempo se convierte en espacio”, el público no se aburre. Fue una interpretación fantástica, con compenetración absoluta entre Esther Ciudad y Juanjo Guillén.

En conjunto, fue un concierto que, a pesar de la complejidad aparente de unir órgano y percusión, dejó a todos en un estado de purificación, de catarsis. Al fin y al cabo, eso es lo más importante.

 

 

Autor entrada: xabier armendariz

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *