LA SINFÓNICA DE EUSKADI INICIA TEMPORADA EN BALUARTE “A LARGO PLAZO”

A largo plazo

Jueves, 27 de Septiembre de 2018. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Robert Treviño, director. Anton Webern: Pasacaglia, Op. 1, (1908). Ramón Lazcano: Hilarriak, (2003). Jean Sibelius: Sinfonía número 2 en Re mayor, Op. 43, (1902). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2018-2019.

Comienza un nuevo curso de la Orquesta Sinfónica de Euskadi, y lo hace bajo el concepto general de “variación”. En términos musicales, el término “variación” implica tomar un determinado material (melodía, ritmo, armonía, etc.) y cambiarlo de las maneras más sutiles, de modo que a veces el oyente puede reconocer los procedimientos utilizados y en otras ocasiones eso es imposible. Algunas formas musicales provienen de este principio, como la pasacaglia (ciclo de variaciones en torno a un bajo), la chacona (serie de variaciones en torno a un ciclo de armonías) y, naturalmente, el tema con variaciones. Pero este principio está presente en otras obras, como la Quinta Sinfonía de Beethoven, construida enteramente a partir de las cuatro notas iniciales. El término “variación” implica variedad, pero también una dirección concreta. Las series de variaciones suelen dirigirse hacia un punto culminante, habitualmente cerca del final.

Robert Treviño y la Sinfónica de Euskadi iniciaron temporada con la Pasacaglia, Op. 1 de Anton Webern, que no es la primera obra del compositor sino la que él consideró digna de inaugurar su catálogo oficial. Es una serie de variaciones sobre un bajo expuesto al comienzo, tan deudora de la herencia brahmsiana como del más puro expresionismo de Schönberg. Además, Webern utiliza medios orquestales mucho más amplios de lo habitual en su obra posterior y dirige toda la tensión hacia un punto culminante muy concreto, casi al final. Robert Treviño hizo sonar a la Sinfónica de Euskadi con gran tensión y potencia, pero perdió energía al acentuar en exceso los clímax intermedios, de manera que el final perdió su drama inherente.

Hilarriak de Ramón Lazcano tiene un lugar adecuado tras la Pasacaglia de Webern, pues aprovecha procedimientos de variación similares, con un tratamiento muy inteligente del ritmo y de la orquestación. Trabajando nuevamente con el concepto de “erosión”, (tan familiar a los abonados de la Sinfónica de Euskadi por otras obras programadas del autor), Lazcano desgasta su material de partida en cada movimiento generando importante tensión en momentos concretos. Aunque Hilarriak es una de las obras más extensas de Lazcano, es también una de las que mejor manejan las expectativas del público, y así lo supo ofrecer la Orquesta Sinfónica de Euskadi con un Robert Treviño muy metido en materia. Eso sí, la conjunción de las obras de Webern y Lazcano pudo resultar excesiva para algunos espectadores.

Terminaba la velada con la Sinfonía número 2 de Jean Sibelius, construida enteramente sobre la célula inicial conformada por tres sonidos, expandida a cuatro sólo al final. Se trata de una obra de cierto tinte pastoral, donde no obstante hay algunos ecos expresionistas en el segundo movimiento y donde puede y debe buscarse un timbre algo agreste y apagado. Sin embargo, Treviño no lo entendió así e hizo sonar a la Sinfónica de Euskadi con la brillantez habitual en sus versiones de Mahler y Shostakovitch. Esto llevó a momentos de gran fuerza, pero hizo perder credibilidad a los clímax del Andante y restó efecto a la Coda final, a pesar del importante ritardando de Treviño en dicha secuencia.

En conjunto, este concierto ofreció interés sobre todo por Hilarriak de Ramón Lazcano, una de esas obras contemporáneas que merece la pena volver a escuchar. De lo demás, (hasta qué punto Treviño realmente lleva a la práctica interpretativa las implicaciones del concepto “variación”), sólo podremos juzgar a más largo plazo.

 

 

 

Autor entrada: xabier armendariz

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