Dos Astros

Dos astros

Sábado, 4 de Agosto de 2018. Iglesia del Monasterio de San Salvador de Leyre. Josetxu Obregón, violonchelo. Daniel Oyarzábal, órgano. Obras de Gustave Holst, Friedrich Grützmacher, Nikolai Rimsky-Korsakov, Max Reger, Camille Saint-Saëns, Jesús Guridi y Max Bruch. Concierto inscrito en el Ciclo La Quincena Andante de la Quincena Musical de San Sebastián 2018.

Llega el mes de agosto y comienza la pretemporada musical. Algunos de los principales festivales de música ya están en marcha, incluyendo la Quincena Musical Donostiarra que ya ha abierto fuego con La Creación de Haydn en la visión escénica de La Fura dels Baus. Antes de que lleguen las grandes citas sinfónicas, es interesante explorar los ciclos paralelos del certamen, y ahora nos ocupamos de un importante concierto de este festival… celebrado en Navarra.

Y es que uno de los ciclos más recientes de la Quincena Musical es la serie La Quincena Andante, que lleva conciertos del festival a regiones cercanas. El Monasterio de Leyre se ha convertido en un destino habitual del ciclo, y hay buenas razones. No sólo es un lugar histórico con una acústica privilegiada. El órgano actual de la iglesia permite ahora muchas posibilidades; gracias a este ciclo, están tocando en Leyre dentro del contexto de la Quincena algunos de los mejores organistas españoles.

Es el caso de Daniel Oyarzábal, un intérprete joven pero de gran calibre y que venía acompañado de Josetxu Obregón, violonchelista fundador del Ensemble La Ritirata, un conjunto dedicado a la música antigua. Ya sabemos que a Josetxu Obregón le gusta mucho experimentar, igual que al propio Oyarzábal. Ambos habrían ofrecido un magnífico concierto de música barroca, pero dado que el órgano actual de Leyre es un instrumento básicamente romántico, era interesante escuchar a Obregón en un repertorio que no es su especialidad.

El programa estaba construido en torno a un poderoso contraste. Daniel Oyarzábal ofreció una serie de transcripciones organísticas propias de obras “de exhibición orquestal”, marcadas por su brillantez y colorido. Fue particularmente eficaz el arreglo de Marte de Los planetas de Holst, con la gradación hacia los clímax muy bien resuelta, y fue fantástica la sugestión de colores del Acuario de El carnaval de los animales de Saint-Saëns. Pero el arreglo más original fue el del interludio de El caserío de Guridi, donde incluso el efecto del tamboril en su acompañamiento al flautín estuvo muy logrado. Eso sí, tanto en esta transcripción como en el final del Capricho español de Rimsky-Korsakov, habría sido interesante tener en cuenta la posible reverberación de la iglesia y tomar tempi más lentos, que habrían permitido escuchar todo con más claridad.

Frente a este despliegue,  las obras interpretadas por ambos eran composiciones originales o adaptadas para violonchelo y órgano marcadas por un gran sentido de la meditación. Eran obras menos conocidas del público pero muy hermosas, particularmente el Aria de Max Reger y ese extraordinario Koll Nidre de Max Bruch, con las referencias a los rituales judíos, que sería interesante escuchar en el original orquestal. En estas obras, Obregón y Oyarzábal demostraron ante todo que son dos grandes músicos. Más allá de cuestiones historicistas señaladas acertadamente por Obregón, lo importante fue la compenetración entre ambos y el hecho de no tener miedo a alargar el tempo y dejarse arrastrar por la música. Especialmente en las obras de Bruch y Reger, hubo momentos de los que no se olvida uno fácilmente.

La iglesia estaba llena y el público aplaudió con fuerza, lo que llevó a ambos intérpretes a tocar el Adagio de la Sonata para viola da gamba y clave número 2 de Bach. Fue el colofón perfecto para un concierto con dos grandes astros de sus instrumentos.

 

 

Autor entrada: xabier armendariz