Oystein Baadsvik Antoni Wit 15/01/2016

¿Un concierto para tuba?

 

Viernes, 15 de Enero de 2016. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Öystein Baadsvik, tuba. Orquesta Sinfónica de Navarra. Antoni Wit, director. Eduard Grieg: Peer Gynt: Suites números 1, Op. 46 y 2, Op. 55, (selección), (1888-1891). Ralph Vaughan Williams: Concierto para tuba y orquesta, (1954). Eduard Grieg: Peer Gynt: Danza de Anitra, (arreglo para tuba y orquesta de cuerdas realizado por Öystein Baadsvik), (1888). Johann Strauss Hijo: Periódicos de la mañana, vals Op. 279, (1863). Jean Sibelius: Kuolema, Op. 44: Vals triste, (1903). Antonio Vivaldi: Las cuatro estaciones, Op. 8 números 1-4: El invierno, RV 247, (arreglo para tuba y cuerdas de Öystein Baadsvik), (1725). Johann Strauss Hijo: En el bello Danubio azul, vals Op. 314, (1866). Bajo truenos y relámpagos, polka rápida Op. 324, (1868). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2015-2016.

 

Los habituales en los conciertos orquestales seguramente se sorprendieron al ver anunciado en un programa de la Orquesta Sinfónica de Navarra un concierto para tuba, ese instrumento tan pesado que, en ocasiones, parece obligar al intérprete a tocar doblado sobre sí mismo. En efecto, la tuba, que es el instrumento más grave de la familia del metal, parece incapaz de hacer otra cosa que no sea notas tenidas, o a lo sumo pasajes líricos muy breves. Ni la agilidad articulatoria ni las frases largas parecen hechas para ella, y esto reduce mucho sus posibilidades como solista de concierto.

No obstante, algunos compositores han intentado superar esos condicionantes, y gracias a ellos la técnica instrumental de la tuba ha mejorado considerablemente. Fruto de esos progresos son solistas como Öystein Baadsvik, que demostró por qué es tan celebrado. En la primera parte ofreció el concierto de Ralph Vaughan Williams, en el que el compositor inglés obliga al solista a explotar los registros más virtuosísticos del instrumento, sin concederle descanso salvo en un breve tiempo lento que por momentos recuerda a la Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis. El resultado es una obra que, sin ser especialmente inspirada, sirve como lucimiento a un músico como Baadsvik, que puede demostrar una técnica muy trabajada y extraordinaria capacidad de resistencia.

Además de esta obra, nuestro virtuoso ofreció dos de sus transcripciones para su instrumento. Su versión de la Danza de Anitra de Peer Gynt se presentó como una obra mucho más humorística que el original; no deja de resultar curioso escuchar la sensual melodía habitualmente asignada a los violines por un instrumento tan “torpe” como la tuba. La transcripción del Invierno de Vivaldi ofrece grandes dificultades, incluso para un solista tan experimentado como Baadsvik (las agilidades no resultaron tan acabadas como en el resto del concierto). De propina, Baadsvik ofreció una vertiginosa y humorística versión de las celebérrimas Czardas de Monti, llena de alegría de vivir. La Orquesta Sinfónica de Navarra acompañó con diligencia, contando con un Antoni Wit muy eficaz; sólo la obra de Monti adquirió en sus manos verdadera inspiración.

Todo el resto del programa era, en realidad, un “relleno”. Es complicado encontrar un hilo conductor, como no sea la referencia a músicas de tinte festivo en casi toda la segunda parte. La selección de las suites de Peer Gynt del inicio del concierto, que no siguió ni el orden de las suites ni el de aparición de las músicas en la obra de Ibsen, fue interpretada con gran acierto, empezando por una Mañana extraordinariamente poética y terminando por una En la gruta del Rey de la Montaña de gran impacto. En la segunda parte, Wit ofreció un Vals triste de antología y mostró entusiasmo en las páginas vienesas, de las cuales sólo en el vals En el bello Danubio azul apareció toda la poesía que encierra la obra. Después de una extraordinaria versión de Bajo truenos y relámpagos y cuando todos esperábamos la Marcha Radetzky, nos encontramos con una felicitación de Año Nuevo que dio paso al intermedio de La boda de Luis Alonso de Gerónimo Giménez, tocado con brío, salero y carácter, aunque tal vez con más bombo y platillo de la cuenta.

En conjunto, el programa que nos ocupa parecía un conjunto incoherente de elementos dispares entre sí; sin embargo, el carácter festivo de la segunda parte arrastró irremisiblemente a un público que terminó aplaudiendo como muy pocas veces ocurre en Baluarte.

Autor entrada: Xabier Armendariz