Glinka Prokofiev Tchaikovsky Stravinsky Peter Jablonsky Antoni Wit 04/03/2016

Vienen los rusos

 

Viernes, 4 de Marzo de 2016. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Peter Jablonsky, piano. Orquesta Sinfónica de Navarra. Antoni Wit, director. Mikhail Glinka: Ruslán y Ludmila: Obertura, (1842). Sergei Prokofiev: Concierto para piano y orquesta número 3 en Do mayor, Op. 26, (1921). Piotr Illyich Tchaikovsky: Francessca da Rimini, fantasía sinfónica según Dante Op. 32, (1876). Igor Stravinsky: El pájaro de fuego: Suite de 1919, (1910). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2015-2016.

 

Ha querido la programación de la Orquesta Sinfónica de Navarra que inmediatamente después de un programa compuesto por obras de compositores polacos haya llegado un programa cien por cien ruso. . Aunque la vecindad ha obligado a ambos pueblos a mantener intercambios comerciales y culturales, las relaciones entre polacos y rusos han sido en general tormentosas. Los gobernantes rusos han sido históricamente tan expansionistas respecto a Polonia como sus homólogos alemanes; incluso cuando se celebró una reciente Eurocopa en Polonia y Ucrania, se produjeron algunos lamentables incidentes entre seguidores polacos y rusos que siguen explicándose por la desconfianza y la animadversión mutuas alimentadas a lo largo de siglos.

El concierto que nos ocupa reunía un programa de grandes éxitos de la música rusa, conducido por un director, Antoni Wit, que conoce este repertorio y lo defiende a la perfección.

Tras una interpretación brillante de la obertura de Ruslán y Ludmila de Mikhail Glinka, padre fundador de la música rusa, pudo escucharse una versión curiosa del Concierto para piano número 3 de Sergei Prokofiev. En efecto, Peter Jablonsky es un pianista muy experto que tiene tomada la medida de la obra. Su toque fue de una precisión extrema, no renunció a las secciones líricas y supo otorgar, junto a Antoni Wit, a la música el humor negro que pide constantemente. Tampoco las numerosas dificultades técnicas le suponían problema. Sin embargo, dio la impresión de que, después de tocarlo tantas veces, el mecanismo físico de Jablonsky se ha acostumbrado a un tempo concreto para cada momento de la obra. En determinadas secciones de tempo más moderado de los movimientos extremos, el pianista tendió a adelantarse respecto a una orquesta que estaba acompañando con el compromiso y la motivación habituales cuando Wit está al frente. De propina, Jablonsky ofreció la Mazurca Op. 68 número 2 de Chopin, en una interpretación falta de imaginación en el empleo del rubato y sin demasiada gracia. Se notó que Jablonsky no domina tanto el repertorio romántico.

No siendo Francesca da Rimini de Tchaikovsky una obra habitual en los conciertos sinfónicos, en Pamplona hemos tenido ocasión de escucharla dos veces en un período de dos años. En esta ocasión, Wit optó por una interpretación especialmente apasionada y dramática, algo que concuerda muy bien con el espíritu de una obra orquestada con gran espectacularidad. Pero el principal atractivo del concierto era, sin duda, la suite que en 1919 Stravinsky compiló a partir de su ballet El pájaro de fuego. Tratándose el ballet original de la primera colaboración de Stravinsky con Sergei Diaghilev, El pájaro de fuego sigue siendo una obra de juventud que permite distintos acercamientos. Como era de esperar, Antoni Wit optó por un acercamiento rimskiano a la partitura, destacando la herencia romántica frente a las novedades de la obra. Hubo tres momentos del máximo interés: la ominosa introducción, la Danza infernal de Katchey especialmente violenta y los breves compases de transición que anteceden a la Danza final, de un misterio arrebatador. El éxito de público acompañó a una interpretación muy lograda de la obra.

En conjunto, fue un concierto de gran interés, particularmente por lo escuchado en la segunda parte, en la que se combinaron dos obras muy importantes interpretadas al máximo nivel.

Autor entrada: Xabier Armendariz

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