Sibelius Chopin Beethoven Alexander Lonquich Crhistoph König 19/04/2016

Alternativas

 

Martes, 19 de Abril de 2016. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Alexander Lonquich, piano. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Christoph König, director. Jean Sibelius: Sinfonía número 7 en Do mayor, Op. 105, (1924). Fryderyk Chopin: Concierto para piano y orquesta número 2 en Fa menor, Op. 21, (1830). Ludwig Van Beethoven: Sinfonía número 5 en Do menor, Op. 67, (1808). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2015-2016.

 

El concierto que nos ocupa era uno de los más curiosos de la programación de la Orquesta Sinfónica de Euskadi. En primer lugar, su duración era claramente mayor de la que es habitual en esta orquesta y el programa era de lo más heterogéneo. Es verdad que, como bien afirma Mikel Chamizo en sus ilustrativas notas al programa, las tres obras rompieron moldes en su día, pero no es menos cierto que la separación estética entre los tres compositores era considerable. En todo caso, eran tres obras muy importantes por diferentes razones, y como todas las grandes obras maestras, admiten distintos tipos de interpretaciones.

La Sinfonía número 7 de Jean Sibelius tiene varias particularidades que la hacen especial. El programa  recuerda que en esta obra el compositor finés pretendió fusionar en uno los cuatro movimientos de una sinfonía habitual, algo revolucionario todavía hoy. A nuestro juicio, hay otras novedades asimismo importantes,  particularmente una orquestación sin adornos, hasta cierto punto deshilachada en el tratamiento de las maderas, y una estética antirromántica o, por momentos, expresionista. Chrisstoph König decidió huir de estos extremos, algo que también es una opción posible, y mantuvo su interpretación a capa y espada a lo largo de toda la composición. El resultado sonó más cercano al mundo de Tchaikovsky que la radicalidad del último Sibelius, pero la riqueza del fraseo y la belleza del sonido compensaron en parte la carencia de idiomatismo.

De los dos conciertos para piano de Chopin se escribieron en otros tiempos muchas insensateces, en particular criticando la supuesta torpeza del polaco como orquestador. Chrisstoph König se tomó la obra en serio y optó por una interpretación de gran potencia dramática, particularmente en un primer movimiento especialmente logrado. En ello le acompañó Alexander Lonquich, un pianista que consiguió conciliar la evidente poesía de la obra con la fuerza de los pasajes de mayor tensión, especialmente la sección central del movimiento lento. Faltó, sin embargo, el control del rubato, esa oscilación del tempo que permite que esta música tome el vuelo necesario. En manos de Lonquich, esta oscilación fue más allá de lo estrictamente necesario, lo que contribuyó a que algunos momentos perdieran el efecto sorpresa debido. Posteriormente, se escuchó como propina la segunda de las Piezas de fantasía, Op. 12 de Schumann, tocada con gran virtuosismo pero con escasa imaginación.

A estas alturas, resulta imposible hacer algo nuevo con la Sinfonía número 5 de Beethoven, y Christoph König no lo intentó. Lastrado posiblemente por falta de ensayos, empezó la interpretación con un primer movimiento carente de tensión en el que el tempo tendió a caerse por momentos. Después de un Andante apresurado, tomó vuelo la interpretación en los dos últimos movimientos, realizados con empuje y buen oficio, aunque la transición entre ambos no alcanzó verdadera magia. Como anécdota, Christoph König decidió no realizar la repetición de la exposición en el cuarto movimiento de la obra, una indicación escrita por Beethoven y tradicionalmente desobedecida por los directores, pero que los intérpretes de la generación de König suelen respetar.

En conjunto, fue un concierto de interés, en donde se pudo escuchar la variedad de enfoques que permiten las grandes obras maestras, aunque también se observó que, precisamente en estas obras, la influencia de la tradición es especialmente considerable.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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