Schumann Albéniz Ravel Jorge Luis Prats 23/02/2016

Pianismo orquestal

 

Martes, 23 de Febrero de 2016. Teatro Gayarre de Pamplona. Jorge Luis Prats, piano. Robert Schumann: Hoja de álbum en Re bemol mayor, Op. 19, (1839). Estudios sinfónicos, Op. 13, (inc. Las variaciones póstumas), (1837). Isaac Albéniz: Suite Iberia: Selección, (1909). Maurice Ravel: La valse, (arreglo para piano solo de Maurice Ravel), (1920). Concierto perteneciente al Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Municipal Teatro Gayarre 2015-2016.

 

Durante el intermedio del concierto que nos ocupa, mantuvimos un intercambio de opiniones con una profesora del Conservatorio Superior de Navarra sobre lo que se había escuchado hasta entonces. La posición de la docente era clara: “Hay pianistas con los que no se pierde la sensación de que está sonando un piano; con otros, a veces parece que suena una orquesta”. Incluso entre los intérpretes más grandes puede percibirse la diferencia. Compárese el pianismo sutil, íntimo y de extraordinaria riqueza de Claudio Arrau, con el despliegue de potencia e intensidad de un Vladimir Horowitz. Ambos acercamientos al piano tienen ventajas e inconvenientes. En general, cuanto más espectacular sea un programa más réditos dará optar por una visión orquestal del piano, mientras que para determinados repertorios románticos una cierta delicadeza y un sentido más poético parecen preferibles. Jorge Luis Prats, el pianista que protagonizaba el concierto, optó por un sonido expansivo y generoso.

El título de los Estudios sinfónicos de Robert Schumann puede llevar a engaño. Se trata de una compilación de estudios, entre los cuales se incluyen algunos añadidos publicados por Brahms en 1890, que configuran un clásico tema con variaciones. Como tal, la obra no tiene mucho de sinfónico, aunque los sucesivos estudios muestran una gran variedad de caracteres, desde lo más brillante y virtuoso hasta lo más ensoñado y poético.

En este aspecto, Jorge Luis Prats no ofreció lo mejor de sí. Fue innegable el dominio técnico de la música, la soltura de la articulación y la claridad de un concepto sobrio y elegante. Sin embargo, a la hora de la verdad el resultado no sonaba a Schumann. Faltaba sentido del belcanto, imaginación en el empleo del rubato, limpieza en el uso del pedal y un sentimiento poético más elaborado que distingue a los especialistas en materia schumanniana. No obstante, ese pianismo expansivo y brillante que Prats estaba ofreciendo prometía grandes cosas para la segunda parte, y no nos equivocamos.

Tras el intermedio, Jorge Luis Prats ofreció seis piezas de la Suite Iberia de Isaac Albéniz: Málaga, Jerez, El Polo, Almería, El Albaicín y Lavapiés. La sola enumeración de estas piezas en la misma frase es suficiente para producir en quien escribe, que ha tenido formación práctica como pianista, un escalofrío. Sin embargo, Jorge Luis Prats no tuvo ningún problema al enfrentarse a este reto. El pianismo del cubano se mostró aquí preciso, seguro, atento a la gama de colores exigida por el compositor, sensible a la importancia real de cada una de las voces. Esto resultó especialmente notorio en Lavapiés, una pieza de extraordinaria complejidad polifónica que, en manos de Prats, dejó de sonar a habanera para convertirse en una suerte de tanguillo de Cádiz; Prats estaba disfrutando visiblemente, y el público percibió una sensación de facilidad que no se corresponde en absoluto con la realidad de la obra. Otro tanto pudo decirse de la recreación de La valse que siguió, una versión muy de salón, con cierta languidez y gran colorido. La reacción del público, muy entusiasta, dio lugar a cuatro propinas, entre las cuales hay que destacar la Mazurca en forma de glisando de Ernesto Lecuona, ilustre pianista y conmpositor cubano del siglo XIX.

En conjunto, fue un concierto interesante que nos mostró a uno de los pianistas más brillantes del circuito. El pianismo orquestal y expansivo de Jorge Luis Prats pudo no ser siempre el adecuado para la sensibilidad a flor de piel de Schumann, pero en las obras de ambiente de café concierto resultó por momentos arrebatador. El público estaba absolutamente entregado.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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