Música rusaVicent Egea 31/01/2016

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Domingo, 31 de Enero de 2016. Teatro Gayarre de Pamplona. Banda de Música La Pamplonesa. Josep Vicent Egea, director. Mikhail Glinka: Ruslán y Ludmila: Obertura, (1842). Modest Mussorgsky: Khovantshchina: Danzas persas, (1886). Nikolai Rimsky-Korsakov: Capricho español, Op. 34, (1887). Alexander Borodin: El príncipe Igor: Danzas polovtsianas, (1890). Piotr Illyich Tchaikovsky: Capricho italiano, Op. 45, (1880). Concierto organizado por la Banda de Música La Pamplonesa.

 

La Banda de Música La Pamplonesa ha empezado el año con un programa muy popular y de lógica interna incontestable. La primera propuesta que la banda ha ofrecido en el Teatro Gayarre fue un concierto dedicado a la música orquestal rusa del siglo XIX, reuniendo cinco obras icónicas del repertorio por su colorido instrumental y su brillantez. No es, ciertamente, un hecho novedoso en Pamplona. Hace algunos años, en el contexto de la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra, Cristóbal Soler dedicó la segunda parte de un concierto a un repertorio similar. Pero en el caso de la banda, las complicaciones de las transcripciones de obras de orquesta son mayores. Al tener que realizar muchos retoques instrumentales para adaptar los originales orquestales al orgánico y el timbre característicos de la banda de concierto, algunos instrumentistas se ven tocando pasajes de especial virtuosismo, máxime en estas obras tan brillantes. El programa era duro para los músicos, y el resultado musical fue en general de gran nivel.

La matiné se abría con la obertura de Ruslán y Ludmila de Mikhail Glinka, compositor considerado como el padre fundador de la música rusa; la obra es muy breve y Vicent Egea la utilizó como calentamiento, en una interpretación de tempo bastante comedido. El nivel subió considerablemente con las danzas persas de la ópera Khovantshchina de Mussorgsky, un fragmento que se escucha muy pocas veces en concierto pero que, por su sensualidad y encanto exótico de tipo oriental, resultó una gran sorpresa para buena parte del público. A ello contribuyó la actuación de la sección de madera de la banda, empezando por los solistas de corno inglés y clarinete. Este último fue asimismo especialmente importante en una interpretación modélica del Capricho español de Nikolai Rimsky-Korsakov, una obra en la que Vicent Egea demostró un absoluto control del tempo en la sección final y del fraseo en los pasajes más líricos. Fue, desde luego, la interpretación más aplaudida del concierto.

Ya en la segunda parte, se escucharon las danzas polovtsianas del Príncipe Igor de Borodin, un fragmento de la ópera que en Pamplona se ha escuchado con frecuencia en los últimos años siempre en interpretaciones corales con el Orfeón Pamplonés. Sin las partes corales, la partitura apenas se resiente, y desde luego se pueden percibir muchos más detalles de la orquestación, especialmente si, como era el caso, se dispone de buenos solistas de oboe y clarinete. Vicent Egea realizó una interpretación vibrante y sin concesiones de la obra apoyándose en una banda en magnífica forma, y completó el concierto con una no menos acertada versión del Capricho italiano de Tchaikovsky; eso sí, las secciones en forma de tarantela mostraron que La Pamplonesa empezaba a sentir el cansancio derivado de un programa tan exigente. Seguramente habría sido mejor, tanto para los músicos como para el público, haber dejado la obra de Tchaikovsky para el final de la primera parte, pues no luce tanto como el Capricho español y es más difícil de interpretar.

En todo caso, fue un concierto de música rusa muy bien servido y del que el público salió plenamente satisfecho, por una razón fundamental: más allá de otras consideraciones, a lo largo de hora y media, se notó que todos los intervinientes estaban plenamente conectados con las obras, convencidos de lo que debían hacer y disfrutando del resultado. Así todo resulta mucho más fácil.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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