Falla Mozart Strauss Brahms Radek Bavorák Antoni Wit 23/09/2016

Buen hacer

 

Viernes, 23 de Septiembre de 2016. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Radek Baborák, trompa. Orquesta Sinfónica de Navarra. Antoni Wit, director. Manuel de Falla: El amor brujo: Danza ritual del fuego, (1925). Wolfgang Amadeus Mozart: Concierto para trompa y orquesta número 1 en Re mayor, KV 412, (1781). Richard Strauss: Concierto para trompa y orquesta número 1 en Mi bemol mayor, Op. 11, (1883). Johannes Brahms: Sinfonía número 1 en Do menor, Op. 68, (1876). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2016-2017.

 

Cada vez con más frecuencia, el mundo de la música clásica se ha vuelto espectáculo. Para que un intérprete triunfe, debe ofrecer al público una imagen de showman, con frecuencia algo teatral; detalles como la presencia escénica o el glamour son fundamentales. Interpretativamente, un músico parece tener más opciones de hacer carrera si se aparta de las tradiciones consagradas e intenta decir algo distinto, aunque eso suponga atentar contra las leyes de la musicalidad. En definitiva, los artistas que calladamente inician una carrera y que exploran con reposo la esencia del repertorio que interpretan suelen quedar en la sombra.

Por fortuna, quedan todavía algunos intérpretes de pasadas generaciones que, de vez en cuando, nos recuerdan cómo se pueden seguir interpretando las grandes obras del repertorio clásico sin excentricidades ni sorpresas. En el concierto que nos ocupa, se reunieron dos de estos músicos criados en la más noble tradición centroeuropea: Radek Baborák y Antoni Wit.

Radek Baborák es considerado como uno de los mejores trompistas del mundo, y a juzgar por lo escuchado en Baluarte, motivos no faltan. Empezó su actuación con una interpretación de calentamiento del Concierto número 1 de Mozart; es verdad que esta obra, dividida en dos movimientos, no muestra lo mejor de la escritura mozartiana para el instrumento, pero Baborák estuvo poco variado en la expresión y su sonido no alcanzó la nobleza deseada. La magia llegó, sin embargo, con el Primer concierto de Richard Strauss, una obra poco conocida aquí del compositor muniqués. Strauss tenía entonces casi veinte años, y esta obra de tinte heroico y beethoveniano refleja la educación musical tradicional que había recibido. En esta obra, Baborák desplegó todo su virtuosismo técnico, la nobleza de su sonido y la calidez de su fraseo, especialmente en un segundo movimiento extraordinario. Se encontró con una Orquesta Sinfónica de Navarra conducida por Antoni Wit, un gran conocedor del estilo, y el resultado fue excepcional. En otras circunstancias, habría sido lógico haber escuchado una propina, pero la trompa es un instrumento que exige toda la capacidad física de su intérprete, y por eso fue perfectamente razonable que Baborák no ofreciera ninguna.

En la segunda parte, Antoni Wit ofreció la Primera Sinfonía de Johannes Brahms, una obra también marcada por la absoluta reverencia del compositor hamburgués por la producción de Beethoven. Es sabido que Brahms tardó casi veinte años en completarla, y que algunos aspectos constructivos de la obra tienen paralelos evidentes con sinfonías beethovenianas. Wit ofreció una interpretación impecable, tomada a tempi moderados y de un solo trazo. Hoy es muy difícil encontrar directores que ofrezcan tanto cuidado en las transiciones y en el fraseo. Por nuestra parte, nosotros echamos de menos algo más de impulso en los movimientos extremos, que así habrían tenido un mayor empuje dramático. Pero a pesar de que la orquesta no actuó en plenitud de facultades, (se echó en falta la nobleza en los vientos que se había oído en la obra de Strauss), la interpretación fue sin duda la propia de un gran maestro.

En conjunto, fue una velada en donde se juntaron dos músicos extraordinarios, cuya mayor virtud no es tanto su sentido del espectáculo ni sus ansias por decir cosas nuevas cuando interpretan el repertorio, sino su buen hacer y su musicalidad. Y de estos intérpretes hoy no quedan muchos, lamentablemente.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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