Shostakovitch Stravinsky Falla Boris Belkin Jun Märkl 14/10/2015

Nostalgia

 

Miércoles, 14 de Octubre de 2015. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Boris Belkin, violín. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Jun Märkl, director. Dimitri Shostakovitch: Concierto para violín y orquesta número 1 en La menor, Op. 77, (1955). Igor Stravinsky: Petrushka, (ballet completo, versión revisada de 1947), (1911). Manuel de Falla: El amor brujo: Danza ritual del fuego, (versión revisada de 1925), (1915). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2015-2016.

 

En muchas ocasiones, incluso los compositores habitualmente considerados como más revolucionarios han sentido la necesidad de volver a sus orígenes, de investigar en sus raíces y en la tradición de la música del pasado. El concierto que nos ocupa era un ejemplo muy característico de ello: Shostakovitch homenajeando a Bach colocando una impresionante Pasacaglia como tercer movimiento de su Concierto para violín y orquesta número 1, Stravinsky homenajeando el folclore y la música rusa en Petrushka y Falla al recurrir al folclore imaginado para componer El amor brujo. Pero todas estas influencias pueden quedarse en el papel, si no hay un director que las saque a la luz; afortunadamente, en esta ocasión sí lo hubo.

El concierto se abría con el Concierto para violín y orquesta número 1 de Shostakovitch, una obra de dificultad casi sobrehumana para un solista que ha de estar tocando sin pausa durante casi cuarenta minutos. En esta ocasión, quiso el destino que se hiciera necesario un sustituto de última hora para paliar la ausencia del violinista originalmente previsto, y Boris Belkin acudió al rescate. Ciertamente, fue un auténtico lujo poder contar con este violinista ruso, siempre seguro en lo técnico y solvente en lo expresivo. Como era de esperar, el entendimiento con el director no siempre fue perfecto (seguramente apenas hubo tiempo de ensayos), pero especialmente en los movimientos extremos hubo detalles de gran interés y Belkin hizo algo más que simplemente salvar la papeleta. La dirección de Märkl, muy concentrada, tuvo su punto álgido en la impresionante Pasacaglia, a la que supo dotar de una gravedad muy característicamente barroca; fue una lástima que Belkin, que para ese pasaje prefería una interpretación más libre, no llegara a aceptar el reto propuesto por la batuta. Hubo fuertes aplausos, acordes con el nivel de la interpretación que acababa de oírse, pero el solista no concedió ninguna propina.

Petrushka ha sido generalmente objeto de dos tipos de enfoques: uno más racial, emparentadoconLa consagración de la primavera y otro más lírico y expresivo, más romántico si se quiere, que mira más haciaEl pájaro de fuego. En general, Märkl tendió hacia este otro extremo. De pronto,pareció claro quePetrushka era menos stravinskiano y tenía más deudas con Rimsky-Korsakov de lo que habitualmente suele admitirse. Incluso los motivos que representan a la bailarina eran fraseados por el flautista solista con cierta amplitud, poco habitual. Por lo demás, fue una lectura muy bien trazada desde el principio al final, sin caídas de tensión, que tuvo su punto culminante en una escena final muy bien contrastada. Fue una lástima que la salida de algunos espectadores cerca del final del ballet distrajera la atención departe del público. A modo de propina programada, se ofreció una gran interpretación de laDanza del fuego deEl amor brujo de Falla, que personalmente nos supo a poco, pues la dirección de Märkl hacía presagiar ideas interesantísimas para el ballet completo.

En conjunto, fue un concierto en donde se pudo ver cómo dos compositores, entre ellos uno tan revolucionario como Stravinsky, miraron hacia la música de sus predecesores. Todo ello fue posible gracias a un director como Jun Märkl, un músico siempre dispuesto a contemplar otras perspectivas en el repertorio ya conocido.

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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