Kodály Bronner Brahms Veranika Pradzed Adrian Leaper 02/10/2015

Rumbo al Este

 

Viernes, 2 de Octubre de 2015. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Veranika Pradzed, cymbalon. Orquesta Sinfónica de Navarra. Adrian Leaper, director. Zoltan Kodály: Danzas de Galanta, (1933). Mikhail Bronner: Concierto bielorruso [para cymbalon y orquesta de cuerdas],

 (2012). Johannes Brahms: Sinfonía número 3 en Fa mayor, Op. 90, (1883). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2015-2016.

 

Una de las constantes de la temporada en curso de la Orquesta Sinfónica de Navarra parece ser la insistencia en los compositores del Este de Europa, especialmente los menos frecuentados. No hay Liszt ni Bartok, pero está Kodály; no hay obras de Chopin o Szymanowski, pero sí están Panufnik y Gorecki. Asimismo, también tenemos mucha presencia de instrumentos solistas inhabituales; lo era el clave en el primer concierto, igual que el cymbalon en el que nos ocupa.

El concierto se abrió con las Danzas de Galanta de Kodály, una obra de exhibición orquestal basada en los modelos folclóricos húngaros que requiere una gran habilidad para manejar con cuidado extraordinario las transiciones de tempo. Adrian Leaper, que es un maestro experimentado, supo bien cómo hacerlo sin desatender los pasajes más líricos de la obra, ayudado por una gran actuación del clarinete solista. Aunque puntualmente pudiéramos desear más empuje rítmico, más vitalismo y electricidad, la interpretación fue mucho más que un simple calentamiento.

El protagonista de la segunda obra era el cymbalon, un instrumento de cuerda percutida muy frecuente en las bandas folclóricas de Hungría, Rumanía, el oeste de Rusia y los Balcanes. En contra de lo que podrían dar a entender los precedentes de la música rusa del siglo XX, el Concierto bielorruso de Mikhail Bronner no pretende ser un ejercicio de “realismo socialista” al estilo soviético. Nos encontramos con una obra que no tiene miedo a la modernidad y en donde las influencias folclóricas están introducidas sólo de manera puntual, pero realmente efectiva. Se explotan los numerosos recursos técnicos del cymbalon, y al solista se le exige un gran virtuosismo. Afortunadamente, Veranika Pradzed reúne esas características y supo mostrar tanto el lirismo de las secciones lentas como el fuego de la sección final, incluso aunque en algún momento perdiera el control de la baqueta. Adrian Leaper supo acompañar con eficacia una obra que obtuvo un éxito importante de público, que la solista correspondió con dos propinas: una canción popular bielorrusa y la Zarabanda de la Partita para violín solo en Re menor de Bach, todo ello tocado con gran sensibilidad.

Así las cosas, la conclusión natural del concierto habría sido posiblemente el Cuarteto con piano Op. 25 de Brahms, que termina con un Rondó alla zingarese explosivo y de irresistible sabor popular; la versión orquestal de Schönberg aprovecha al máximo esa brillantez. En su lugar, tuvimos otra obra maestra como es la Tercera Sinfonía del hamburgués. Tras un comienzo no carente de anécdota, (hubo que detener la interpretación y volver a empezar debido a “problemas técnicos”, como explicó Adrian Leaper), la versión no terminó de despegar. Todo tendió a sonar pesado y gris, a tempi demasiado lentos o, en determinados momentos del primer movimiento, algo erráticos. Aunque fragmentos puntuales del segundo movimiento sí brillaron a buena altura, Leaper fue uno más de tantos maestros que se pierden ante esta sinfonía, una de las más esquivas del repertorio incluso para los grandes directores. Lo que pide esta obra, según nuestra opinión, es una visión más vitalista y dramática, más fresca y juvenil.

En conjunto, fue un concierto en el que lo más interesante fue una primera parte en donde nos fuimos rumbo al Este para escuchar una obra de gran impacto y una composición contemporánea que actualiza un instrumento tan popular y simbólico como el cymbalon. Y los viajes hacia el Este aún van a continuar.

 

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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