Biber Bach Händel Purcell Orquesta Siglo de las Luces 20/01/2014

Barroco a la inglesa

 

Lunes, 20 de Enero de 2014. Teatro Gayarre de Pamplona. Julia Doyle, soprano. David Blackdder, trompeta. Orquesta del Siglo de las Luces. Matthew Truscott, violín y director. Heinrich Ignaz Franz von Biber: Sonata a 5 número 4 en Do mayor, (1676). Johann Sebastian Bach: Weicht nur, betrübte Schatten, cantata de boda BWV 202, (ca. 1718). Georges Philipe Telemann: Obertura en Re mayor para trompeta, oboe, violín, cuerdas y continuo, TWV 55 d 1, (1733). Georges Friedrich Händel: Concerto grosso en Si bemol mayor, Op. 6 número 7, HWV 325, (1739). Henry Purcell: Diocleciano, Z. 627: Chacona, (1690). Dido y Eneas: Final, (1688). Johann Sebastian Bach: Concierto de Brandemburgo número 2 en Fa mayor, BWV 1047, (1721). Concierto inscrito en el Ciclo de Grandes Intérpretes ofrecido por la Fundación Municipal Teatro Gayarre 2013-2014.

 

En todas las artes menos en la tauromaquia, los ingleses han sabido encumbrar en lo más alto a aquellos compatriotas suyos que, en un momento u otro, han jugado un papel importante. En el caso de la música, como no siempre los compositores británicos fueron los más fecundos, no han dudado en otorgar ciudadanía británica a músicos que, como el alemán Händel o el austríaco Haydn, en un momento u otro vivieron y alcanzaron el éxito en Londres. Incluso Haendel, como escriben normalmente su nombre los ingleses, reposa en la Abadía de Westminster, junto con algunos de los más grandes héroes de Inglaterra.

Posiblemente en esta “apropiación” de los compositores extranjeros los ingleses hayan llegado demasiado lejos, pero en lo que se refiere a intérpretes de música barroca pueden sentirse orgullosos; han creado una manera característica de hacer este repertorio. Las interpretaciones suelen ser de tiempos moderados, elegantes y bien perfiladas, independientemente de que los violines de la orquesta toquen o no con cuerdas de tripa o las trompetas sean naturales o modernas. Fue eso lo que se escuchó en el concierto que nos ocupa.

La presencia de la orquesta del Siglo de las Luces en el Ciclo de Grandes Intérpretes prometía una velada musicalmente interesante, y en general los miembros del conjunto cumplieron con las expectativas. La sección de cuerdas posee el sonido redondeado que recordamos de las grabaciones de Hogwood y Pinnock, los directores historicistas británicos  más interesantes, y aunque el solista de trompeta mostró más problemas de los esperables en algunas de sus intervenciones, la mayor parte de los solistas realizaron actuaciones de magnífico nivel, comenzando por el oboe en la cantata bachiana de la primera parte.

Interpretativamente, el concierto fue de menos a más. La sonata de Biber encontró a los músicos en buena forma, y la interpretación fue estilísticamente perfecta, aunque quizá un tanto distante; por otra parte, la excesiva presencia de la trompeta desdibujaba en ocasiones el discurso musical. Poco a poco las interpretaciones comandadas por Matthew Truscott desde el primer violín mostraron un mayor compromiso expresivo por parte de todos. Y es que con un equipo generalmente bien armado, un Primus inter pares es lo único que hace falta para que un concierto termine de despegar.

El punto álgido del concierto fue una interpretación vitalista, a la vez que mesurada y ortodoxa en su rigor, del Concerto grosso Op. 6 número 7 de Händel, aunque el segundo movimiento del Concierto de Brandemburgo número 2 fue igualmente una delicia.

Se contó asimismo con la presencia de la soprano Julia Doyle. La cantante mostró las características habituales de las intérpretes especializadas en la música barroca. Armada de una técnica perfecta para resolver las coloraturas y de un instinto musical magnífico, fue el relativamente escaso volumen de su voz lo que le impidió responder a la misma altura de la fabulosa intervención del oboe al comienzo de la mencionada cantata bachiana. Pero también ella supo hacer de la necesidad virtud, y ofreció un lamento de Dido excepcional por su intimismo, haciendo un retrato sereno de la abandonada reina de Cartago. Con mucho acierto se insertó, aunque tocado instrumentalmente, el pasaje coral que sigue en la obra original a este famoso lamento, en una interpretación sincera y convencida de esta música impresionante, posiblemente la mejor escrita nunca por un compositor nacido en Inglaterra. Sólo por escuchar este momento de gran música mereció la pena asistir al concierto.

En conjunto, fue una velada que nos volvió a llevar a aquellos tiempos en los que se consideraba que el rigor y la actitud “distanciada” respecto a la música barroca eran lo más adecuado para este repertorio. Aunque los conjuntos italianos que vinieron posteriormente intentaron mostrarnos otra manera más irreverente de hacer esta música, el tradicional estilo inglés sigue mostrándose eficaz. La entusiasta reacción del público no hizo más que demostrarlo.

 

 

  

Autor entrada: Xabier Armendariz

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